Podríamos estar comiendo plástico y no saberlo!

Podríamos estar comiendo plástico y no saberlo!

Un carguero repleto de patitos de goma naufragó durante el invierno de 1992 en mitad del océano Pacífico, víctima de una violenta tormenta, liberando al mar casi 30.000 animales de plástico de los que transportaba. Alegres objetos para jugar en la bañera, castores, ranas y tortugas de todos los colores, iniciaron un inopinado viaje que les llevaría allende los mares. 

Esta curiosa anécdota, a pesar de la candidez de los patitos de goma y demás juguetes, refleja lo rápidamente que se extienden los residuos sintéticos que arrojamos (o acaban por una razón u otra) en el mar. En el planeta Tierra, encerradas dentro de las corrientes circulares que se producen en la superficie de los diferentes océanos, hay enormes islas flotantes formadas por esta basura. Pero en los últimos tiempos, científicos y ecologistas ponen el foco en otra vertiente no tan conocida del problema: los microplásticos. “Se trata de pequeños fragmentos de plástico, menores de cinco milímetros, que se pueden haber formado a partir de grandes plásticos (a través de la acción del sol o el oleaje) o que son específicamente fabricados en ese tamaño, por ejemplo, para la industria cosmética”, explica Elvira Jiménez, responsable de Océanos en Greenpeace España, la organización ecologista que ha lanzado recientemente una campaña para concienciar sobre el creciente riesgo de los plásticos en pescados y mariscos.

Cada año, ocho millones toneladas de este material acaban en el océano (200 kilos por segundo): en 2050 habrá más cantidad de plástico que de peces, según calcula la Fundación Ellen MacArthur. Los microplásticos pueden entrar en organismos pequeños y crearles heridas y laceraciones, además de efectos impredecibles debido a los compuestos químicos que le aportan su color y flexibilidad. “Se sabe que algunos de ellos pueden ser cancerígenos o alterar el sistema endocrino”. Pero, además, a través de la cadena trófica existe el riesgo de que alcancen a los humanos con el tenebroso riesgo, a falta de estudios concluyentes, de un perjuicio similar. “Aunque sean pequeñas cantidades en el agua, si los organismos basales los consumen, se podría producir bioacumulación”. Es decir, los compuestos se van acumulando en los tejidos de la persona que los ingiere hasta llegar a concentraciones mayores. Un estudio de Greenpeace ha encontrado microplásticos en mariscos y pescados como el atún o el pez espada.

“Otro problema es que pueden atraer a otras sustancias y servir de medio de difusión de enfermedades patógenas”, explica Jiménez, de Greenpeace. En esta organización creen que la situación tiene que llevar a replantearnos cómo es el sistema de consumo, reducir el volumen de plásticos utilizados (se calcula que en 2050 su uso será 900 veces mayor que en 1980) y mejorar la gestión de los residuos. “Se estima que el 80% de los plásticos en el mar proviene de la tierra”, indica la ecologista, es decir, que han sido abandonados en las costas o en los cauces de los ríos. 

La difusión del problema de los microplásticos resulta, eso sí, interesante a la hora de concienciar al gran público sobre la contaminación marítima: si bien hay personas a las que les puede resultar indiferente la existencia de grandes islas de basura en medio de ninguna parte, o la asfixia de lejanas tortugas con las arandelas que mantienen unidas las latas de bebida, la amenaza de los microplásticos entrando en su propio organismo a través de la dieta sí provoca preocupación. “Esto ya no es solo un asunto medioambiental, sino que se está volviendo contra nosotros”, destaca Jiménez.